La Generación del 27 femenina, siempre olvidada.
IMPRESCINDIBLES: ELLAS
martes, 26 de abril de 2016
A LAS SIN SOMBRERO
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miércoles, 20 de abril de 2016
SON YA 30 AÑOS. EL INFINITO BORGES
Pierre Menard, autor del Quijote
A Silvina Ocampo
La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por
lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri
Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia «protestante» no es un
secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos
son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos-. Los amigos auténticos de
Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos
reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de
empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no
me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos
vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar
las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del
principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda
con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de
sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado «a la veracidad y a la muerte» (tales son
sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la
revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son
insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con
esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La
conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de
conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje
común, «sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente
destinados a las necesidades poéticas» (Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre «ciertas conexiones o afinidades» del pensamiento de
Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno
de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por
rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars magna generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del
juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole..
i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con
ejemplos de Saint-Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre
de 1909).
j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes)
ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes,
Montpellier, diciembre de 1909).
k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo,
intitulada La Boussole des précieux.
l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade
(Nîmes, 1914).
m) La obra Les Problèmes d un problème (París, 1917) que discute en orden
cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos
ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como
epígrafe el consejo de Leibniz «Ne craignez point, monsieur, la tortue», y
renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.
n) Un obstinado análisis de las «costumbres sintácticas» de Toulet (N.R.F., marzo
de 1921). Menard -recuerdo- declaraba que censurar y alabar son operaciones
sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.
o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F.,
enero de 1928).
p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la
realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el
reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la
amistad antigua de los dos no corrió peligro.)
q) Una «definición» de la condesa de Bagnoregio, en el «victorioso volumen» -la
locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio- que anualmente publica
esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar «al
mundo y a Italia» una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón
misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o
apresuradas.
r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).
s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Ba- a chelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese «dislate» es el objeto primordial de esta nota. Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de ¡aversión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada. 2 Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade? Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -el que lleva el número 2.005 en la edición de Dresden- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria. No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino «el» Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes. «Mi propósito es meramente asombroso», me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. «El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.» En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años. El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible!, dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo XVII le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) «Mi empresa no es difícil, esencialmente -leo en otro lugar de la carta-. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.» ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: «las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco». Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde: Where a malignant and a turbaned Turk... ¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que Ficciones Jorge Luis Borges 23 engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. «El Quijote -aclara Menard- me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe: Ah, bear in mind this Barden was enchanted! o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, La Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto «original» y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo Xvii era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del XX, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.» A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como «realidad» la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente. No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el XXXVIII de la primera parte, «que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras». Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La Trahison des clercs y de Bertrand Russellreincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.) Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo,): ... la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. Redactada en el siglo XVII, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe: ... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. La historia, «madre» de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -«ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir»- son descaradamente pragmáticas. También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época. No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor. Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.1 No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas. He reflexionado que es lícito ver en el Quijote «final» una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la «previa» escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas... «Pensar, analizar, inventar -me escribió también- no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar 1 Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata. Ficciones Jorge Luis Borges 25 antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.» Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Ba- a chelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese «dislate» es el objeto primordial de esta nota. Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de ¡aversión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada. 2 Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade? Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -el que lleva el número 2.005 en la edición de Dresden- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria. No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino «el» Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y línea por línea- con las de Miguel de Cervantes. «Mi propósito es meramente asombroso», me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. «El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.» En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años. El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible!, dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo XVII le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) «Mi empresa no es difícil, esencialmente -leo en otro lugar de la carta-. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.» ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: «las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco». Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde: Where a malignant and a turbaned Turk... ¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que Ficciones Jorge Luis Borges 23 engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. «El Quijote -aclara Menard- me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe: Ah, bear in mind this Barden was enchanted! o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, La Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto «original» y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo Xvii era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del XX, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.» A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como «realidad» la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente. No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el XXXVIII de la primera parte, «que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras». Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La Trahison des clercs y de Bertrand Russellreincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.) Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo,): ... la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. Redactada en el siglo XVII, redactada por el «ingenio lego» Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe: ... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. La historia, «madre» de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -«ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir»- son descaradamente pragmáticas. También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época. No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor. Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.1 No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas. He reflexionado que es lícito ver en el Quijote «final» una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -tenues pero no indescifrables- de la «previa» escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas... «Pensar, analizar, inventar -me escribió también- no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar 1 Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata. Ficciones Jorge Luis Borges 25 antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.» Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
JORGE LUIS BORGES, Nîmes, 1939
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lunes, 18 de abril de 2016
ORACIONES PARA APRENDER A ANALIZAR
SUJETO- ¿Quién?
|
¿QUIÉN O QUÉ HACE LA ACCIÓN?
|
ATRIBUTO ¿Cómo? o ¿Qué?
|
¿CÓMO? O ¿QUÉ?
|
CD ¿Qué?
|
¿QUÉ COSA?
|
CI ¿A quién?
|
¿A QUIÉN?
|
CCL ¿Dónde?
CCT ¿Cuándo?
CCM ¿Cómo? No es adjetivo.
CCCOMPAÑÍA ¿Con quién?
CCINSTRUMENTO ¿Con qué?
CCCAUSA ¿Por qué?
CCFINALIDAD ¿Para qué?
CCCANTIDAD ¿Cuánto?
|
¿DÓNDE?
¿CUÁNDO?
¿CÓMO?
¿CON QUIÉN?
¿CON QUÉ?
¿POR QUÉ?
¿PARA QUÉ?
¿CUÁNTO?
|
ANALIZA SINTÁCTICAMENTE:
-
Olvidaron el abrigo en el bar anoche.
-
Sevilla es una ciudad andaluza.
-
Ramón estaba cansado en el partido este fin de
semana.
-
Encontrasteis un tesoro en la playa aquel
verano.
-
Comprendí el problema de matemáticas muy bien.
-
Os dije el secreto sigilosamente.
-
Reiremos
mucho en el teatro mañana.
-
Dan regalos a los lectores en la biblioteca en
el día del libro.
-
Alemania estaba en guerra el siglo pasado.
-
Rumanía es un país europeo.
-
En pocos años seréis adultos.
-
Salían con prisa del instituto ayer.
-
Inventemos grandes sueños en nuestras cabezas.
-
Esta tarde compré unos bombones a mi marido.
-
Marta parecía agobiada en aquella fiesta.
-
Pedro le dio un consejo enseguida.
-
Reflexionó un rato en el sofá.
- Entonces, ambos se divirtieron muchísimo.
Por último, escribe el acróstico de estas oraciones:
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ROQUE BAÑOS
VETE DE MI, versión de Enrique Bunbury para la película Cantinflas con música compuesta por el jumillano ROQUE BAÑOS
Lo mejor de todo, el brillo de los ojos de Cantinflas. Clavado.
Lo mejor de todo, el brillo de los ojos de Cantinflas. Clavado.
martes, 12 de abril de 2016
TEN OJO. ACRÓSTICOS
Analiza sintácticamente las siguientes oraciones:
-
Hace mucho calor en el Sáhara durante el día.
-
Oímos a los pájaros por la mañana en el campo.
-
Laly estaba contenta estos días en el aula.
-
Algunos aprendizajes son útiles para la vida.
-
Atenas es la capital de Grecia.
-
María estaba preciosa aquel día en el viaje.
-
Imaginemos cosas bonitas todo el tiempo.
-
Ganamos el partido la semana pasada en Yecla.
-
Oí el acróstico en el instituto ayer.
-
Seremos completamente tolerantes y respetuosos
algún día.
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miércoles, 6 de abril de 2016
OTRO, TANTOS GENIOS... FEDERICO
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SINTAMOS: OFRENDA A MIGUEL. ÉL, TODO PASIÓN...Y VIBRACIÓN
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domingo, 3 de abril de 2016
OIGAMOS... O MEJOR, ESCUCHEMOS LA RADIO
EL OJO CRÍTICO
Recomiendo encarecidamente el programa de los viernes dedicado al Quijote.
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lunes, 28 de marzo de 2016
LA IMPORTANCIA DE LA ACENTUACIÓN
Recordad, chicos, no es lo mismo decirle a un@ viud@: "Te acompaño en tu pena por la pérdida de tu esposa" que "Te acompaño en tu pena por la perdida de tu esposa"
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domingo, 21 de febrero de 2016
ADIÓS A LOS ECOS
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miércoles, 17 de febrero de 2016
A UN GENIO GENIAL
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sábado, 21 de noviembre de 2015
lunes, 21 de septiembre de 2015
NOS ADENTRAMOS EN LA MORFOLOGÍA
CLASES DE PALABRAS. UNIDADES MORFOLÓGICAS.
Son
nueve: cuatro de ellas invariables (no cambian: adverbio, preposición,
conjunción e interjección) y cinco variables (sustantivo, determinante,
adjetivo, pronombre, verbo)
→ Clases de palabras invariables:
1.) PREPOSICIONES: a, ante, bajo, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia,
hasta, mediante, para, por, según, sin, sobre, tras.
2.) CONJUNCIONES: existen dos tipos:
a.)
Conjunciones coordinantes: y (e), ni, o
(u), pero, sino.
b.)
Conjunciones subordinantes: que, si,
pues, porque, aunque, etc.
Las
preposiciones y las conjunciones se denominan ELEMENTOS RELACIONANTES porque sirven para enlazar otras unidades
lingüísticas (palabras, sintagmas, proposiciones u oraciones).
3.) ADVERBIOS: matizan lo expresado por
un verbo (cuando funcionan como CC –vino rápidamente-), por un
adjetivo (como modificadores – muy aburrido-) o por toda una
oración (como modalizadores –sinceramente, no me lo creo-).
Los adverbios suelen clasificarse atendiendo a su significado:
a.)
Adverbios de lugar: aquí, ahí, allí,
cerca, lejos, donde, etc.
b.)
Adverbios de tiempo: ahora, entonces,
después, antes, cuando, ayer, etc.
c.)
Adverbios de modo: así, bien, como, la
mayoría de los acabados en –mente, etc.
d.)
Adverbios de cantidad: muy, mucho, tanto,
casi, más, apenas, cuanto, etc.
e.)
Adverbios de afirmación: sí, ciertamente,
claro, verdaderamente, también, etc.
f.)
Adverbios de negación: no, tampoco, *nunca,* jamás, etc.
g.)
Adverbios de duda: acaso, quizá(-s), probablemente,
posiblemente, etc.
h.)
Adverbios de orden: sucesivamente,
viceversa, respectivamente, etc.
4.) INTERJECCIONES: unidades
lingüísticas que constituyen por sí solas enunciados independientes. Se dividen
en:
a.)
Interjecciones propias: sólo funcionan como tales: uff, bah, ea, etc.
b.)
Interjecciones impropias: nombres, adjetivos, verbos o adverbios usados como
interjecciones: hombre, bravo, vaya,
bien, etc.
→ Clases de palabras variables:
5.) SUSTANTIVOS O NOMBRES: designan
seres, objetos o conceptos y funcionan como núcleos del sintagma nominal. La
clasificación semántica distingue entre:
a.)
Nombres comunes y propios: libro, Juan.
b.)
Nombres individuales y colectivos: perro,
jauría.
c.)
Nombres concretos y abstractos: lámpara,
alegría.
d.)
Nombres contables e incontables: hoja,
agua.
6.) ADJETIVOS: sirven para calificar
(adjetivos calificativos: azul, bonito)
o clasificar (adjetivos de relación: vacuno,
regional) al nombre al que acompañan y con el que concuerdan en género y
número. De las dos clases, sólo los adjetivos calificativos admiten la
gradación y la anteposición al sustantivo; además estos adjetivos pueden tener
un valor:
a.)
especificativo: cuando señalan una propiedad que nos ayuda a delimitar la
referencia del nombre al que acompañan: Dame
el bolígrafo azul.
b.)
explicativo: cuando funcionan como epíteto
pues señalan una cualidad definitoria del nombre al que acompañan y sólo
adornan la expresión sin añadir información nueva que nos sirva para delimitar
la referencia de ese nombre: La blanca
nieve caía lentamente.
7.) DETERMINANTES:
sirven para actualizar los nombres concretando su referencia. Existen distintos
tipos:
a.)
Determinante artículo definido: el, la,
los, las.
b.)
Determinante artículo indefinido: un, una,
unos, unas.
c.)
Determinantes demostrativos: este, ese,
aquel, esta, esa, aquella, estos, esos, aquellos, estas, esas, aquellas.
d.)
Determinantes posesivos: mi, tu, su, mío,
tuyo, suyo, nuestro, vuestro y sus variantes de género y número.
e.) Determinantes
indefinidos: algún /-no, otro, mucho,
poco, cierto, cualquier, varios, más, demás, etc.
*Hay que tener
en cuenta que algunos de estos determinantes coinciden en su forma con
adverbios de cantidad; para distinguirlos debemos fijarnos en si modifican a un
verbo o a un adjetivo, o bien si determinan a un nombre: Llueve bastante, Es bastante listo vs. Han llegado bastantes turistas.
f.)
Determinantes distributivos: cada,
sendos.
g.)
Determinantes numerales:
- cardinales: uno, dos, tres, etc.
- ordinales: primero, segundo, tercero, etc.
- partitivos: medio, tercio, cuarto, quinto, catorceavo, etc.
- multiplicativos: doble, triple, cuádruple, etc.
- el dual ambos equivalente a los dos.
h.)
Determinantes interrogativos y exclamativos: qué, cuál, quién, cuánto.
i.)
Determinante relativo de posesión:
cuyo, cuya, cuyos, cuyas.
8.) PRONOMBRES: sirven para sustituir a
un sintagma nominal y poder así evitar repeticiones o abreviar la expresión.
Existen siete tipos:
a.) Pronombres
personales: yo, tú, él, nosotros,
vosotros, ellos, me, te, se, nos, os, lo, la, le, conmigo, contigo, consigo
y sus variantes.
b.) Pronombres
posesivos: mío, tuyo, suyo, nuestro,
vuestro y sus variantes.
c.) Pronombres demostrativos: este,
ese, aquel y sus variantes. Podemos encontrarlos con y sin tilde pues la R.A .E. admite ambos usos.
d.) Pronombres
indefinidos: alguien, nadie, nada, otro,
etc.
e.) Pronombres
numerales: los vistos arriba cuando no acompañan a ningún nombre.
f.) Pronombres
interrogativos y exclamativos: ,, ,, ,,
g.) Pronombres
relativos: (el) cual, quien y sus
variantes, que, cuanto.
9.) VERBOS: palabras que expresan
acciones, procesos o estados realizados o padecidos por un sujeto. Es la clase
de palabra más completa en cuanto a la morfología pues admite morfemas de
persona+número y de tiempo+aspecto+modo: ama-ba-mos.
Las formas no personales del verbo son infinitivo, gerundio y participio; este
último también presenta variante de género.
El
verbo funciona como núcleo del sintagma verbal y en torno a él se organizan el
resto de palabras que constituyen las proposiciones u oraciones.
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MORFOLOGÍA
sábado, 19 de septiembre de 2015
ATANDO LETRAS: LA ETIMOLOGÍA
LA ETIMOLOGÍA: ORIGEN Y SIGNIFICADO DE LAS PALABRAS:
Laura es
femenino de origen latino (Laurel). El significado es: “Victoriosa coronada con hojas de
laurel”.
Juan es
un nombre masculino de origen Hebreo (Yehohanan). El significado es: “Que es fiel a Dios”.
Víctor es
un nombre masculino de origen latino . El significado de Víctor es: “El vencedor”. Enrique es un nombre masculino de origen
Germano (Heinrich). El significado de Enrique es: “El amo de la casa”.
Alicia es
un nombre femenino de origen Griego (alétheia) . El significado
es: “La que es verdadera”.
Miriam es
un nombre femenino de origen Hebreo (Myriam). El significado
es: “La amada de Dios”.
Esther es
un nombre femenino de origen Hebreo (Ishtar). El significado
de Esther es:
“Estrella”.
Alberto es
masculino de origen Germánico (Albert). El significado es: “El que brilla por su nobleza”.
Manuel es
un nombre masculino de origen Hebreo(Emmanu-El). El significado es: “Dios está con nosotros”.
Sara es
un nombre femenino de origen Hebreo (Śārāh). El significado
de Sara es:
“Princesa”.
Ángela es
un nombre femenino de origen Griego (Ággelos). El significado es: “Mensajera de Dios”.
Eva es
un nombre femenino de origen Hebreo (Havva). El significado
de Eva es:
“Fuente de vida”.
Pablo es
un nombre masculino de origen latino (Paulus). El significado es: “Pequeño, humilde”.
Alejandro es un nombre masculino de origen griego (Alexándros). El significado es: "Protector de los hombres"
Alejandro es un nombre masculino de origen griego (Alexándros). El significado es: "Protector de los hombres"
Rubén es
masculino de origen Hebreo (Rahhver). El significado es: “Dios ve mi afición y me regala un
hijo”.
Paula es
un nombre femenino de Origen latino (Paulus). El significado
de Paula es:
“Pequeño, poco, débil”.
Natalia es
femenino de origen Latín (Natalis dies). El significado es: “Día del nacimiento (de Cristo)”.
Elena es
un nombre femenino de origen Griego (Helana). El significado
de Elena es:
“Brillante como el sol”.
Rebeca es
un nombre femenino de origen Hebreo. El significado de Rebeca es: “La que es fascinante”.
Fulgencio
es un nombre masculino de origen latino . El
significado de Fulgencio es “Reluciente, refulgente”.
Javier es
un nombre masculino de origen Euskera (Etche-berri). El significado
de Javier es:
“Casa nueva”.
Pedro es
un nombre masculino de origen latino (Piedra). El significado
de Pedro es:
“Firme como una roca”.
Samantha es
un nombre femenino de origen Arameo. El significado de Samantha es: “La que escucha”.
Laly es
un nombre femenino de origen Griego. El significado
de Laly es: “Elocuente, bien hablada”.
ACTIVIDADES:
1.
Encuentra cinco
sustantivos en el texto de arriba y di su género y su número.
2.
Encuentra cinco
adjetivos y di su género, su número y su grado.
3.
Encuentra cinco verbos
y di su conjugación, persona, número, tiempo, modo y voz.
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ETIMOLOGÍA,
EVOLUCIÓN DE LA LENGUA
domingo, 5 de julio de 2015
COMENZAMOS CON UN REPASO GENERAL.
1. Analiza sintácticamente:
-
Mañana vendrán los niños contentos.
-
Imagina un mundo sin religiones.
-
Raúl estaba contento y nos contagió su alegría.
-
Abrieron los ojos para mirar más allá.
2. Analiza morfológicamente:
-
Camino:
-
Abrirá:
-
Legendario:
-
En:
-
Nunca:
-
Decidimos:
-
Atrás:
-
Recuperación:
-
Ilusionada:
-
Orbitó:
3. Di solamente el tipo de palabra y
escribe un antónimo y un sinónimo:
-
Magistral:
-
Alto:
-
Ya:
-
Oscuro:
4. Une autor con su época:
Edad Media Luis
Cernuda
Gustavo
Adolfo Bécquer
Fray
Luis de León
Renacimiento Jorge
Manrique
Francisco
de Quevedo
Leandro
Fernández Moratín
Barroco Garcilaso de la Vega
Rafael
Alberti
José
de Espronceda
Neoclasicismo Benito
Pérez Galdós
Gonzalo
de Berceo
Azorín
Romanticismo Lope
de Vega
San
Juan de la Cruz
José
de Cadalso
Realismo Calderón
de la Barca
Miguel
de Unamuno
Don
Juan Manuel
G. del 98 Federico
García Lorca
Jovellanos
Mariano
José de Larra
G. del 27 Clarín
Emilia
Pardo Bazán
5. Por último voy a explicar qué es un
ACRÓSTICO. Se trata de un juego de palabras que han utilizado muchos autores.
Así descubrimos al autor de La Celestina, Fernando de Rojas.
Sólo tienes que unir la primera letra de unos versos o de una lista de
palabras. Y ahí aparece un mensaje.
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martes, 23 de junio de 2015
LAS ORACIONES COORDINADAS
ORACIONES COORDINADAS
CLASES DE PROPOSICIONES
COORDINADAS Y NEXOS MÁS FRECUENTES:
·
Copulativas: y, e, ni
·
Disyuntivas: o/u
·
Distributivas: bien...bien, ora...ora, ya...ya...
·
Adversativas: pero, mas (sin acento = pero), sin
embargo, sino, aunque (= pero), no obstante,
por más que, con todo...
·
Explicativas: es decir, o sea, esto es...
ANALIZA:
COPULATIVAS
-
María escucha el
profesor y anota los datos interesantes.
-
En ese asunto ni
pinchas ni cortas
-
El médico observó
al paciente e intervino rápidamente
-
Cantaré esta
noche y mañana estaré afónica
-
Pintaremos todos
hoy y expondremos en el mismo sitio
DISYUNTIVAS
-
Estudias o
trabajas
-
Quieres
macarrones o quieres espaguetis
-
Graba u observa
el acontecimiento
-
La vecina no está
o no abre la puerta
-
No vio el
programa o no lo recuerda
ADVERSATIVAS
-
Iré contigo
mañana pero no madrugues mucho
-
Me gusta ese
chico pero ya tiene novia
-
La obra es
interesante mas un poco larga
-
Estoy en mi casa
aunque hoy es domingo
-
El lápiz es
nuevo, sin embargo no escribe bien
EXPLICATIVAS
-
El discurso me
gustó, es decir, era apasionante
-
Mañana es
viernes, o sea, que tengo clase
-
Esta tarde voy al
teatro, es decir, no me esperes en la cena
-
Estudia la
lección sin ruido, esto es, apaga la tele
-
El balcón está
lleno de flores, o sea, parece un jardín
DISTRIBUTIVAS
-
Unos quieren pan
y otros colines
-
O bien sales ya o
bien me dices algo
-
Ora quiere
caramelos, ora quiere pasteles
-
Ya vengas o ya te
quedes, estarás tranquilo.
-
Unos dicen una
cosa y otros otra
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