Hoy nos despedimos de Juan Rita.
Murió con 108 cumples y miles de trovos.
EL LENGUAJE CONDICIONA LA REALIDAD Y LA REALIDAD CONDICIONA EL LENGUAJE
El señor Facebook,
siempre dispuesto a manipular los sentimientos de sus usuarios, me mandó hace unos
días un foto-recuerdo del pasado mayo. En él, aparezco con unos amigos, todos
sujetando un mantón de Manila que vestí para leer el pregón isidril en el
balcón del viejo Ayuntamiento de Madrid. Con la distorsión del tiempo y el espacio que nos ha
provocado el confinamiento hubiera dicho que la foto era si no de otro siglo,
al menos de otro mundo. Pero solo hace un año. Hace un año tocábamos 10
personas el mismo mantón. El pueblo soberano estaba ahí abajo, tan cerca como
los paisanos de Villar del Río en Bienvenido Mr. Marshall. Algunos de ellos
esperaron a que bajara después del discurso a darme dos besos y zarandearme
un poco. Y así fue. Aquello parecía la verbena de un pueblo e intercambié gotículas de nariz y boca con
afectuosos desconocidos. (…)
Como digo, luego bajamos a la calle, y tras
los abrazos de rigor, vino el amontonamiento con los amigos. Entramos a un
bar de los de barra de zinc y, por supuesto, sin lavarnos las manos tomamos
unas tapas y compartimos montadito, de mi mano a tu boca. Mientras el
camarero te tiraba la siguiente caña dabas un sorbo a la de tu amigo
dejándole un rastro de pintalabios en el cerco, como un beso. Y nos daba la
risa, hace un año. De nuestra boca ya no salían gotículas sino perdigones, y
nos chupábamos los dedos si en ellos quedaba un rastro del tomate peleón de
las patatas bravas; luego apoyábamos las manos en la barra para auparnos y
pedir otra ración. Hace un año todos apoyábamos las manos en el zinc o en el
mármol, como si estuviéramos a punto de saltar al otro lado, porque
cuando un vaso se queda sin cerveza siente el cliente un vacío, una desesperación, pensando en
cuándo será que el camarero tenga a bien concedernos la siguiente. La
cerveza, esa que rasca la garganta cuando está bien tirada, la cerveza,
alegre y diurética, que obliga a un paseíllo continuo a los servicios. Las
mujeres haciendo la sentadilla (para algo hacemos pilates) en una taza
impregnada de gotas, y murmurando, “luego dicen, pero qué marranas pueden ser
las tías”. Hace un año nos lavábamos las manos tras la micción, claro, pero como no
había nada para secarlas salíamos del baño agitándolas contra el aire. Hace un año estábamos amontonados en toda nuestra
imperfecta humanidad, fluía la saliva por los aires, el sudor, dejábamos
nuestras huellas sobre las superficies de la vida callejera. (…)
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Un año tan solo. Ay.
Creo que esta disciplina higiénica y artificiosa solo podrá mantenerse un
tiempo limitado, porque la solución no está, a largo plazo, en eliminar el gregarismo ni en reducir la
espontaneidad. Sería una trampa. Lo que hay que cambiar de raíz es un sistema
abusivo y temerario con el medio ambiente. Para poder volver a las andadas,
esas andadas nocturnas en las que lo más contagioso era la risa.
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Han
existido sociedades envilecidas en grado extremo: buena parte de la vasca
durante décadas (aún hay parte que sigue), la mayoría de la española durante
el franquismo, casi toda la alemana durante el nazismo (y la austriaca), la
italiana durante el fascismo… Demasiados casos extremos como para confiarse, y se podrían
ampliar los ejemplos hasta la náusea.
No sé cómo será el mundo cuando el coronavirus
sea sólo un mal recuerdo, y
especular al respecto me parece
ocioso, meras conjeturas que el tiempo se
encargará de borrar. Sin embargo, a juzgar por el comportamiento de muchos
mientras dura la epidemia, lo que me salta a la vista es un elevado grado de
envilecimiento. Elevado, no extremo, salvo excepciones. Hay una porción de la
sociedad, desde luego, que no sólo está libre de eso, sino que raya en la
abnegación: gente poco o nada conocida y por lo general sin voz: sanitarios,
farmacéuticos, transportistas, repartidores, agricultores, panaderos, cajeras
y cuantos deseen añadir. Han sostenido el edificio, han impedido su
derrumbamiento.
En cambio, hay demasiados (con voz) a
los que resulta evidente que los enfermos y muertos les importan poco. (No se fíen de sus declaraciones: cuanto más presume
alguien públicamente de salir al balcón a aplaudir a las 8, menos me lo creo.
Me creo que salga, sí, pero sospecho que lo hace sólo para quedar bien,
presumir al contarlo y colgarse una absurda medalla a la “solidaridad”. Quien
aplaude de corazón no lo proclama; se lo calla y ya está.) Trump es el paradigma:
lo único que le preocupa es que, si la economía va mal (y por fuerza irá
mal), pierda su reelección. Con tal de evitarlo, está dispuesto a enviar a
cientos de miles de compatriotas al matadero, propugnando una criminal y
alocada vuelta a la actividad. Al demente Bolsonaro hay que
ingresarlo en clínica aparte (¿tendrá un instinto de “limpieza azarosa
étnica”?), porque sobre él ni siquiera se cierne una inminente
votación. En España, la actuación de casi todos los partidos denota
envilecimiento (bueno, algunos eran ya viles antes de la emergencia). (…)
En la desdicha sólo han visto una buena
oportunidad para seguir cada cual con su objetivo o su obsesión, y
afianzarlos. Menor en comparación con otras, sin duda; pero devorar como
termitas en medio de una calamidad no deja de ser una forma de
envilecimiento. Y si nada ha cambiado durante, no veo por qué habría de cambiar después.
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La amenaza del presidente de Estados
Unidos, Donald Trump, de retirar permanentemente los fondos con los que su
país financia a la Organización Mundial de la Salud si esta, en el plazo de
30 días, no experimenta “mejoras sustantivas” y demuestra “independencia de
China” es un hecho inaceptable que pone en peligro la propia existencia del
principal organismo multilateral sanitario que se ha revelado crucial en la
crisis mundial causada por la covid-19.
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Estados Unidos es, hasta el momento, el
país del mundo con mayor número de contagiados y víctimas causados por la
enfermedad. Un hecho que no puede dejar de estar
relacionado con la errática actitud del mandatario estadounidense a la hora
de afrontar la crisis. De hecho, ayer mismo un estudio hecho público por
la Universidad de Columbia revelaba que si las autoridades estadounidenses
hubieran decretado un confinamiento apenas una semana antes de lo que lo
hicieron, habría sido posible salvar 36.000 vidas. Pero, lejos de cualquier
tipo de autocrítica, Trump sigue empeñado en buscar un enemigo externo a
quien señalar como culpable.
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El ultimátum lanzado por Trump parece más propio de otras
épocas. Las dos condiciones que exige son de imposible
verificación y cumplimiento. Las que él denomina “mejoras
sustantivas” son un vago concepto que al final deja cualquier decisión al
margen de cualquier criterio objetivo y a merced de la voluntad del
mandatario. En cuanto a mostrar independencia respecto a China, lo que el inquilino de la Casa Blanca está exigiendo a
la OMS es un enfrentamiento directo con Pekín, uniéndose así a su estrategia
personal de confrontación que, conviene recordar, él inició exclusivamente
por motivos comerciales.
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La gestión de la pandemia
se ha revelado muy difícil en todos los países afectados. Desgraciadamente, no existe todavía una fórmula infalible
para lograr
doblegar totalmente a la enfermedad ni mucho menos una guía segura
que permita paliar los gravísimos efectos económicos y sociales que tendrá.
En este contexto, la gestión de la OMS ha sido de prudencia y de cambio de
criterio a medida que se han ido conociendo nuevos datos sobre la evolución
de la enfermedad en las distintas zonas afectadas. Es más, horas antes de que
Trump amenazara al organismo —como viene siendo habitual mediante las redes
sociales—, la OMS había aceptado una auditoría independiente
sobre su gestión, propuesta por la Unión Europea.
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Imaginemos una ciudad en la que todo fuera plateado
y brillante y reflejara cuanto quedara a su alcance provocando duplicados de las calles, de las fachadas de
los edificios, de los autobuses o automóviles, así como de las personas que
circulasen por las aceras. Las réplicas especulares
resultarían tan perfectas que se confundirían con el mundo real. En
ocasiones, al caminar por una avenida verdadera, se metería uno inadvertidamente en una calle falsa de las
que, producto de la reflexión permanente, se abrirían a derecha e izquierda.
Iríamos y vendríamos del otro lado del espejo todo el tiempo, de manera que,
cuando nos detuviéramos a saludar a un conocido, nos expusiéramos a hablar
con su reflejo. A veces, y dado que nuestra propia vivienda se prolongaría en
la imagen fantasma del fondo del pasillo, podríamos vivir durante semanas en
la zona irreal de nuestros domicilios.
Tal vez, sin ser conscientes de ello, suframos una
confusión semejante entre el mundo analógico
y el virtual. Una amiga me cuenta que su hijo está
convencido de ser el que aparece en Instagram. “No hay forma de convencerlo
de que es el de aquí”, añade la pobre mujer con desaliento.
Regreso a casa un poco agobiado por la revelación de
mi amiga, preguntándome si habré cogido la calle que da a mi hogar real o al
virtual. Tomo el ascensor, subo, abro la puerta, y accedo al interior con la
impresión de que nadie me ha sentido llegar, de modo que vuelvo atrás para
rehacer el camino, igual que los informáticos reinician el ordenador cuando
algo falla, y esta vez consigo meterme en la calle
auténtica que conduce a la vivienda genuina, donde me
encuentro con mi familia innegable. Lo que no sabría decir es cuánto tiempo
llevaba en el otro lado.
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